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El alma no come vidrio
Los manifiestos de la locura

Editorial Topía

Introducción


Los manifiestos de la locura y la construcción del pensamiento.


In memoriam de Miguel Angel Bustos
Poeta desaparecido en 1976, con quien
Caminamos por los patios del hospicio...
Buscando también allí la luz
En las frentes celestes.



La esencia de la locura es el sufrimiento del espíritu. Hablo de un sufrimiento insoportable. Hablo de una necesidad de soledad insoportable. Hablo del deseo de un otro insoportable. Hablo de una angustia insoportable por la muerte de Dios, que sació hasta el fin la desesperación de la vida. Es entonces cuando ocurre –con la claridad del milagro– la belleza del arte, para que Dios renazca como un niño, desde el amor y sin miedo...


La locura es impensable desde la razón, como la muerte es impensable desde la vida, a menos que nos proteja el alma la locura, para que el terror del grito se convierta en silencio... (Un silencio que de ahí en más será la cuna de la poesía, náufraga y a la deriva).


Detrás de la vida nos acecha el dolor, igual que un ángel con su cuchillo..., que se olvidó de la compasión pero no de las lágrimas.


En los manifiestos de la locura se desnuda, como una flor umbría, la sospecha de un crimen...


La pregunta siempre será:


¿Qué has hecho con el amor...?


La noche se inicia con una palabra...


 La mañana jamás se inicia, y tampoco se detiene, siempre está allí, nos espera, como esencia y existencia, porque las pobrecitas almas necesitan de la luz para construir la oscuridad de los delirios...


La muerte duerme en nuestra cama desde el día sin memoria en que nacimos.


Aterrados por semejante eternidad que se despierta ante nuestros ojos, buscamos en la razón un cielo sin nubes que sostenga el pensamiento. (La callada ilusión, la verdad que como un sol de piedra late, es que el pensamiento sepa mantener el horror de la muerte a raya; todo lo demás son las huellas difusas de nuestros sueños, apenas las risas de Narciso en el fondo del lago...)


Es el pensamiento quien nos repara de las   lluvias de la demencia, pero es también el pensamiento quien nos entrega ataditos de manos, y con el culo bien limpio y empolvado, a la impiadosa muerte, esa muerte que ni siquiera podemos pensar, ya que es parte de la vida de los otros. (Esos otros que serán nuestra vida cuando entreguemos nuestra muerte, sin penas y sin llantos...)


 Así vamos, movidos por el destino en la crueldad del aprendizaje: cómo nombrar ese bien y esa belleza que son anteriores a la palabra y que el pensamiento, que origina la producción de la realidad,   pervierte en valor de cambio.


Día a día, hora tras hora, con maliciosa paciencia se levantan los muros que nos defienden de las pasiones, vistas ya como un peligro, en tanto hemos perdido la divina herencia del humilde pulidor de cristales, que hizo de las pasiones la llave para abrir las puertas del misterio. Ese espacio donde se refugian las conductas angélicas, dementes y subversivas, siempre peligrosas, aún en la maravilla, y cuyo registro esencial (hablo de un sismógrafo del alma), sólo es percibido desde las poéticas del ser, hechas acción y también ética del lenguaje, y cuya personificación metafórica demanda las escenas teatrales, sea la tragedia, para la catarsis del espíritu alucinado, sea el drama, que anuncia la historia del mañana.


Para nuestra desgracia hoy está escrito con sangre sobre la cresta del mar:


La pasión trastoca lo tangible y desnuda la fragilidad de lo permanente.


La pasión socava el orden de la materia y sólo reproduce las sombras.


La pasión conduce la recta justicia a la boca del infierno.


La pasión convierte en polvo del camino el santo bien que purificó la pobreza.


La pasión humilla la belleza, que en adelante y con rápidos pasos será pus, o será excremento, o peor aún: sudor y olor de los cuerpos bestializados.


 Las apariencias del poder son hoy la esencia del poder, la máscara es su único ser, y es el pensamiento quien lo legaliza desde la razón, como ayer lo hizo desde el horror. Con su lógica de: más pública es la crueldad, mayor es la eficacia, esgrime sin pudor la legítima defensa, y dispone del verdugo para ahorcar a la pasión del árbol más alto, el que hunde sus raíces en la bóveda celeste.   (Después dirá con serena impudicia: ¡estaba mojada la pobre pasión, y la colgué allí para que se secara...! ¡Y sus gotas fueron el rocío sobre la faz de Dios! )


El pensamiento de la razón se mueve a impulsos de la usura; para confundirnos se disfraza, hasta de bailarina, pero mejor avanza con toga o de uniforme. Por ello su discurso (que es un orden lingüístico, pero también estético, en tanto privilegia con templanza la contemplación virtuosa de la existencia), unifica, finalmente, en la argamasa maldita de la sinrazón, los contenidos del delirio, la pobreza y el crimen, que al desencadenarse como un obrar apasionada tienen reservado en la caverna del alma el rostro del Mal.


La consecuencia original, en la conciencia vigente – marchita por alienada – es que al Mal se lo entierra. Vivo o Muerto, es el reclamo que igual rinde plusvalía.


Acaso hubo un época en que la locura fue una desesperada búsqueda del amor por otros medios.


Hoy, en el tiempo del martirio social que llamamos exclusión, no solo el amor, también la piedad tiene los ropajes de la muerte.


 He aquí una extremada síntesis de los motivos que me llevaron, por tantos años, a escuchar las voces de la sinrazón , fuera en un hospicio, en un puente donde se apilan las gomas como fogatas rebeldes y negras, en un libro o en un humilde papel, que llega de mano en mano, con su riqueza clandestina, tratando de entender lo que falta nombrar, y sin olvidar la antigua maldición socrática que pesa sobre la palabra escrita.


Por haberme estrellado una y mil veces la cabeza contra la pared, tengo el consuelo, y me atrevo a decir la alegría, de escribir y reescribir con obstinada pasión (y con forma de relato, de dialogo, de poema y de teatro), las músicas de mis recuerdos, haciendo mías algunas llamas de un gran fuego, desde donde nos miran los ojos ardientes de los perseguidos y los ojos con agua de la poesía.






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